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La restitución del pecio espacial MKF567YN[]

La conexión se ha cortado y los sensores fallan. Nuestros instrumentos telemétricos hace rato que no dan calibraciones. Los enormes bloques de plastiacero y ceramita de la nave anulan cualquier señal.

El sudor de los hermanos se derrama bajo sus cascos. El calor es asfixiante. El hermano Remsus se ha descubierto, una infracción leve en el código que el sargento no parece considerar. Su casco hierve. Seguimos avanzado despacio.

El enorme pecio cruje y se retuerce bajo nuestros pies. Su metal se contorsiona y agrieta lentamente en el olvido flotante del espacio.  Estamos en el corazón del enorme monstruo de metal. Sus enormes turbinas siguen funcionando alimentadas por desconocidos combustibles.

Una luz se enciende en un corredor cercano. Parpadea y se apaga. Se enciende otra vez y se apaga definitivamente.

El sargento levanta el puño y manteniendo la respiración nos detenemos en seco al unisono.

Con el puño levantado aun, mira el telémetro anclado en su antebrazo. Más interferencias. Mira de reojo hacia atrás buscando los ojos de Remsus. Con un dedo del puño se señala la cabeza. Remsus se pone el caso de nuevo y con la misma mano quita el seguro al bolter pesado. "Clinck".

El seco chasquido parece retumbar en el corredor, devolviendo el eco, pero acompañado de un sonido diferente. Conocido, como de látigos rozando. Ya vienen.

Todo comienza a ralentizarse, ocurre despacio, como si los segundos fueran minutos.

El sargento repite de forma casi inaudible la plegaria 1033 al emperador: “Imperatorem Deum, guide tela filiis vestris disceptabo, Imperatorem Deum... “. Un segundo después ordena abrir fuego. El bolter arroja su pureza ardiente a través de la profundidad de la galería y las bocas de mil enemigos se iluminan ante el paso de las balas centelleantes.

Magellian y yo nos retiramos el bolter sacando la espada y pistola reglamentaria.

Los otros hermanos ya entonan la liturgia del fuego de bolter y con su rugido los enemigos caen a centenares.

El sargento ordena cargar y ahora grita a plena voz salmos de batalla. Solo podemos vencer si el emperador ilumina nuestra senda. Y siempre la ilumina.

Ya no hacen falta los telémetros ni la instrumentación. Corremos en busca de nuestro deber. En la batalla un marine espacial es todo cuanto necesita. Y a nuestro alrededor comienzan a crecer como montañas los restos de los xenomorfos.   

A mi lado el sargento desmenuza la escoria alienígena entre destellos azulados de su espada de energía. Magellian destripa a un enorme gladius. También bailo junto a ellos, mi espada cercena una y mil cabezas.

Los sistemas autónomos de la servoarmadura inyectan constantemente drogas vasoactivas en nuestras arterias. El amor del dios maquina fluye por nuestro ser. Cada uno de nosotros recibe la fuerza del mismísimo Primarca. El enemigo es infinito, pero mortal.  

Los cadáveres comienzan a obstruir el corredor. Magellian me detiene. El corredor está cerrado. Hay que volver a la posición y buscar un nuevo camino.

Al otro lado de la montaña de escoria se escucha de nuevo un bolter lejano. Diferente al de Remsus. Otra unidad de hermanos purifica los largos corredores de la monstruosa nave.

Nuestro sargento porta levantada la espada mientras formamos de nuevo tras de el. Nuestra armadura ha perdido su glorioso azul. El ácido de las bocas del enemigo destruye nuestras reliquias sagradas. Nuestras armas chorrean sangre.   

De nuevo consultamos el telémetro. No hay lecturas. La conexión se ha cortado y los sensores fallan.

Autor: Alberto L.G.

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