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Retrato primarca Perturabo

Perturabo, Señor de Hierro de la IV Legión.

La Caída de los Jueces Negros fue la primera campaña de la Legión Astartes de los Guerreros de Hierro dirigida por su Primarca, Perturabo.

HistoriaEditar

La primera gran campaña de la IV Legión bajo el mando directo de su Primarca fue el ataque contra un enemigo que pondría duramente a prueba la valía de la Legión y que abriría la campaña para anexionar el Cúmulo de Meratara al Imperio. Tomando su nueva Flota Expedicionaria, Perturabo se lanzó directamente hacia el corazón del cúmulo y del poder hostil que sabía que residía allí.

En Olympia, el enemigo al que buscaba Perturabo había sido poco más que una leyenda, pero la última vez que su sombra había caído sobre ese mundo, su venida había llevado a la matanza y esclavitud de decenas de miles de personas antes de que se pagara el tributo que exigían. Eran los autoproclamados "Jueces Negros", que se consideraban árbitros de la vida, la muerte y la pureza de la raza humana.

Criaturas retorcidas y agostadas que hacía eones habían sido humanas, habían alargado sus vidas durante milenios con la ayuda de tecnología tan antigua como oscura. Ahora sus envejecidos cuerpos estaban encerrados en máquinas de guerra mecanizadas controladas por implantes biónicos. Para poder vivir necesitaban infusiones regulares de material genético humano fresco, obtenido mediante un proceso agónico y mortal, y desde su base en una yerma luna llena de quebradas y barrancos, conocida como la Roca del Juicio, dominaban a una docena de mundos humanos cercanos por medio del terror: ofrecían un pacto por el diablo, intercambiando protección frente a los asaltos alienígenas a cambio de un tributo de jóvenes sanos. La IV Legión, aún sacudida por el castigo aplicado por su nuevo amo, estaba desesperada por demostrar su valor a su Primarca, y serían los Jueces Negros los que sufrirían su odio e ira acumulados.


El asalto orbital sobre la Roca del Juicio fue directo y brutal. Bien defendida por láseres de defensa y enjambres de cazas no tripulados, así como por los acorazados capaces de viajar por la Disformidad de los Jueces Negros, había resistido a incursores y enemigos vengativos durante milenios, pero no pudo prevalecer frente a la furia de la IV Legión. Estrellándose a través del bloqueo de naves de guerra sin preocuparse por la pérdida de una veintena de Cruceros de Asalto y una docena de Barcazas de Batalla, que ardieron de proa a popa, la Legión se enfrentó al enemigo a quemarropa, lanzando terribles abordajes y bombardeos de torpedos de fusión a bocajarro. Con la línea defensiva desbaratada, la flota avanzó usando las proas blindadas de sus naves más grandes y los escudos de vacío de las fragatas de asedio para soportar la tormenta de disparos tierra-espacio y despejar una zona de desembarco.

Aunque su arcana tecnología incluía mucha de la fuerza del dominio de la Humanidad sobre las estrellas anterior a la Era de los Conflictos, los Jueces Negros eran escasos en número, incluso teniendo en cuenta los decenas de miles de Acusadores de túnicas negras y los funcionarios criados in vitro para servirles, y por ello recurrían a numerosas defensas estáticas y armas automatizadas para protegerse. Con falanges de Land Raiders y Shadowswords al frente, la Cuarta Legión se lanzó al ataque, eliminando metódicamente toda resistencia en una tormenta de disparos de energía mientras les seguían los pasos oleada tras oleada de artillería móvil y cañones de asedio cuyos demoledores disparos derribaron y derribaron las laderas de las montañas para enterrar los bastiones artillados bajo los escombros. Tal fue la apocalíptica potencia de fuego de este arrollador avance, que destrozó las famosas defensas de los Jueces Negros metro a metro, borrándolas de la existencia.

Cuando los Marines Espaciales se abrieron camino hasta los santuarios interiores sin luz de los Juzgados de la Noche, en el corazón de las imponentes ciudadelas de obsidiana, estallaron las luchas más amargas. Barridos por baterías de letales rayos de neutrones y asaltados por multitudes suicidas de Acusadores armados con martillos-sierra capaces incluso de partir servoarmaduras, sus bajas se dispararon, pero la Legión no flaqueó. Una vez masacrados los fanáticos, la vanguardia del asalto se abrió paso a sangre y fuego a través de cámaras abismales ocupadas con teatros quirúrgicos de pesadilla y aborrecibles instrumentos de la "justicia" que estos degenerados opresores aplicaban, hasta enfrentarse finalmente con los propios Jueces Negros.

Sostenidos por sus ciencias oscuras, todos y cada uno de los artefactos de soporte vital de los Jueces Negros eran prácticamente invulnerables ante el fuego de bólter, mientras que sus flagelos de cuchillas y cañones de rayos equivalían en potencia a las armas de un Dreadnought, y había cientos de ellos. Contra estos asesinos mecanizados, los Legionarios no cedieron terreno a pesar de morir a puñados, cortados en sangrientos pedazos o incinerados en los ataúdes fundidos de sus servoarmaduras.

La oscuridad pronto se convirtió en una tormenta de disparos y truenos, desgarrada por los alaridos de los moribundos y los agudos chillidos de mentes enfermas que habían vivido sin cordura durante siglos. A medida que se prolongaba la batalla, los Legionarios aprovecharon las pilas de sus propios muertos como cobertura frente a los barridos de los rayos infernales, y se reagruparon una y otra vez para cargar contra las negras máquinas, desafiando su furia asesina para colocar granadas perforantes o disparar armas de fusión a quemarropa para derribar a sus enemigos. Durante una eternidad, la batalla estuvo en el filo de la navaja, pues en los confines de las criptas y pasadizos, los Jueces Negros tenían ventaja, y por cada uno de ellos que caía una docena o más de Legionarios lo pagaba con su vida. Fue entonces cuando golpeó Perturabo.

Habiendo observado la batalla, su sobrehumano intelecto había discernido patrones y debilidades en medio del caos y el estruendo de la guerra, y había calculado el punto preciso en el que atacar para conseguir el mayor efecto. El propio Primarca golpeó las filas de los Jueces Negros como un relámpago, desbaratando sus filas. Como un dios vengativo penetró en el corazón de sus huestes, reventándolos y quemándolos, arrancando los ancianos cuerpos de sus chasis mecánicos con sus propias manos enguantadas. Mientras los Jueces Negros retrocedían sorprendidos y trataban de recolocarse para contraatacar a esta nueva y terrible amenaza, los engranajes del plan de Perturabo giraron y las unidades de élite de armas de apoyo pesado de la IV Legión, ya conocidas informalmente como los Aniquiladores de Hierro, avanzaron en patrones precisos y coordinados de ataque que predecían la respuesta de sus enemigos con una pericia sobrenatural. Aislando y atacando por los puntos ciegos a los Jueces Negros, los Aniquiladores avanzaron implacables y acabaron con su maligno gobierno, pronunciando su propia sentencia con tormentas entrecruzadas de balas de cañón automático y disparos de plasma.

Por designio de Perturabo se aplastó al enemigo sin piedad, y sus dominios fueron despojados de todo recurso y tecnología valiosos: los restos y las armas fluyeron hasta Olympia y los secretos largo tiempo guardados de los Jueces Negros también cayeron en manos de los recién bautizados Guerreros de Hierro y su amo, que los compartió con el Mechanicum a cambio de su ayuda. Una vez despojada la Roca del Juicio de sus recursos, sus astilleros orbitales, que eran reliquias de la Era Oscura de la Tecnología, fueron finalmente trasladados a una nueva órbita en torno a Olympia y puestos a trabajar en la fabricación de una nueva generación de naves de guerra por orden de Perturabo.

FuentesEditar

  • The Horus Heresy III.
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