FANDOM


Bulldog El Sargento Guillermito, mascota de los Marines Espaciales, tiene el honor de patrocinar este espacio por orden del Capellán Cassius de los Ultramarines. ¡Pulsa sobre él y te acompañará a una Cruzada épica!

¡Lee más! ¡Sin piedad, sin remordimientos, sin miedo!

Círculo Ceniciento Portadores Palabra Herejía Horus

Guerreros del Círculo Ceniciento de los Heraldos Imperiales durante las Guerras de Unificación.

La Caída de Orioc fue una de las últimas campañas de las Guerras de Unificación de Terra, llevada a cabo por la Decimoséptima Legión Astartes, los Heraldos Imperiales.

HistoriaEditar

Orioc era una ciudad-Estado de la Vieja Terra. Enterrada en una montaña ahuecada del helado sur, resistió a lo largo de toda la oscuridad de la Vieja Noche, capeando las tormentas del conflicto durante miles de años. Centenares de miles de personas vivían y morían en sus cavernas calentadas por energía geotérmica, sudando en talleres y cosechando comida en lagos de algas. Todos ellos sabían que eran los únicos elegidos de entre los desgraciados hijos de la Antigua Tierra, y que solo ellos sobrevivirían a la anarquía que había destruido tantas otras cosas. Esta seguridad procedía de su fe en una protección más segura que cualquier muralla o fortaleza: el favor de los espíritus de la vida y la muerte.

Durante siglos que se extendían más allá de la memoria, el pueblo de Orioc había creído que toda la existencia era el resultado de la interacción entre los espíritus de los muertos y las fuerzas de la vida. Creían que los muertos eran percibidos en sueños, sombras y ecos nocturnos. El poder de la vida podía verse en la luz, el aire y el calor del fuego. Dentro de cada una de estas dos fuerzas existían incontables poderes, seres formados por las almas de los muertos y aquellas aún por nacer. Los humanos nunca podían tocar o entender a estos seres, pero podían ver sus huellas en el cambio del mundo, en el desastre y la fortuna, en la tristeza y el gozo, la ira y la paz. Estos seres tenían nombres tan antiguos que nadie podía recordar su origen: Ishantel, el Portavoz de la Noche; Zoruz, el Espíritu de la Luz Estelar, con cabeza de bestia; Calibbadra, el Mensajero Sin Rostro del Destino, y muchos otros cientos. Sus estatuas y santuarios contemplaban a sus adoradores desde los techos de las cavernas de Orioc con ojos tallados en piedra lunar, azabache y topacio.

Cuando el resto de Terra cayó ante los ejércitos del Emperador, Orioc aguardó, convencida de que su momento llegaría y segura de que sobreviviría como siempre lo había hecho. ¿Acaso no demostraban los milenios su inviolabilidad y el irrompible escudo de su fe? Cuando el ojo del Emperador se posó finalmente en la ciudad de la montaña, parece que supo que las palabras y la democracia servirían de poco. Los Heraldos Imperiales acudieron a la ciudad para plantearle un ultimátum: arrodillarse y aceptar la Verdad Imperial, o ser destruida. Los Reyes Sacerdotes de Orioc ni siquiera escucharon su mensaje antes de responderle: el transporte de los Heraldos Imperiales fue derribado en las llanuras de hielo, y la Decimoséptima Legión comenzó su ataque.

Macrobombarderos surgieron del nevado cielo y la montaña se resquebrajó bajo una lluvia de cargas sísmicas. Dentro de la montaña, las estatuas y capillas se rompieron, cayendo a trozos sobre el suelo de las cavernas mientras la población rogaba a gritos que los espíritus de los muertos les apoyasen. Ninguna ayuda vino. En los flancos de la montaña, los tanques de asedio escupieron proyectil tras proyectil en las fracturas de la roca, ensanchándolas y ampliándolas. El hielo y la nieve entraron arremolinados en la ciudad cavernaria arrastrados por vientos cargados del olor de la roca partida y el fuego químico. Tras el viento vinieron los guerreros de armadura gris, avanzando con el martilleo implacable de los disparos y el siseo de las llamas. Todo el que se alzó en su camino murió, cualquiera que rogara piedad recibía la paz de la muerte. Después de tres horas el resto del populacho era un rebaño acurrucado, atrapado en la caverna central bajo los ojos de piedra de sus dioses. Con todos los demás túneles y sistemas de cavernas despejados de vida, la Decimoséptima se detuvo, sellando las entradas y salidas de la cámara central pero sin entrar a tomarla.

Mientras las horas se sucedían en un temeroso silencio, los supervivientes se preguntaron qué destino les aguardaba, si la voluntad de los dioses les había salvado, o si habían sido abandonados. La respuesta les llegó con una lluvia de piedra destrozada y llamas rojas. Cargas sísmicas abrieron una brecha en la cima de la montaña, y el Círculo Ceniciento descendió sobre los últimos idólatras como cometas arrojados desde un cielo destruido. Todos fueron quemados, sin excepción, y cuando todo hubo acabado, la Decimoséptima sobrecargó las plantas de energía geotérmica bajo la montaña. La lava llenó las cavernas, engullendo los ídolos de piedra, y surgió por las heridas de las laderas para derramarse por las placas de hielo. La nube de vapor y ceniza cubrió el Hemisferio Sur. Incluso en el lejano norte cayeron lluvias negras de un cielo manchado de humo. Así cayó Orioc, y el mensaje de su muerte se transmitió por toda Terra y más allá: la fe en falsos dioses solo conlleva ruina y cenizas.

FuentesEditar

  • The Horus Heresy II.
El contenido de la comunidad está disponible bajo CC-BY-SA a menos que se indique lo contrario.