FANDOM


Bulldog El Sargento Guillermito, mascota de los Marines Espaciales, tiene el honor de patrocinar este espacio por orden del Capellán Cassius de los Ultramarines. ¡Pulsa sobre él y te acompañará a una Cruzada épica!

¡Lee más! ¡Sin piedad, sin remordimientos, sin miedo!

Salamandras Mk II Cruzada

Legionario de la XVIII Legión en los primeros años de la Gran Cruzada, con servoarmadura Mk. II Cruzada. En esa época, la Legión usaba como emblema el Carnero Saturnino.

El Asalto a las Galerías de la Tempestad fue la primera batalla registrada de la XVIII Legión. Tuvo lugar durante las Guerras de Unificación, mucho antes de que se reencontrase con su Primarca Vulkan y se convirtiese en los Salamandras.

HistoriaEditar

AntecedentesEditar

Aunque es casi seguro que los guerreros de la Decimoctava Legión combatieron antes, los registros de esos enfrentamientos durante las Guerras de Unificación fueron deliberadamente perdidos, borrados o sellados por la máxima autoridad, por lo que el primer honor de batalla públicamente reconocido a la Legión aún por bautizar fue el Asalto a las Galerías de la Tempestad durante el derrocamiento del Etnarca de los Desiertos del Cáucaso. También resultaría ser una de sus batallas más famosas y, aunque ocurrió mucho antes de su reencuentro con su Primarca Vulkan, dejó su sello en la naturaleza de la Legión y tuvo una profunda influencia que aún hoy perdura.

La conquista de los Desiertos del Cáucaso fue una de las últimas grandes campañas de las Guerras de Unificación que convertirían al Emperador en el señor indiscutible de Terra, pero la victoria no fue fácil de obtener. Los mutados oligarcas eugenicistas que gobernaban los yermos presentaron a las fuerzas del Emperador uno de los retos más difíciles jamás afrontados en una guerra abierta. Aunque eran escasos en número en comparación con los fanáticos del Bloque Yndonésico o las salvajes partidas de guerra de Ursh, el poder de los ejércitos de la Etnarquía se basaba en montones de reliquias tecnológicas y terribles armas procedentes de la época anterior a la Era de los Conflictos, y sus tropas iban desde los blindados y genéticamente potenciados “Ur-Khasis”, aproximadamente análogos a los Guerreros Trueno del Emperador, a aquelarres de psíquicos esclavizados con narcóticos.

Los bastiones de la Etnarquía estaban ocultos a kilómetros de profundidad por debajo de las ahuecadas montañas de los desiertos y protegidos de un ataque desde las alturas por redes de campos de energía casi impenetrables. Un primer intento de conquista de los baluartes montañosos de la Etnarquía había sufrido una sangrienta derrota, en la que se perdieron casi diez mil Guerreros Trueno y más de un millón de otros soldados, pero había conseguido contener y aislar los Desiertos del Cáucaso. En consecuencia, cuando llegó la hora de la venganza del Emperador, nada se dejó al azar.

Las fuerzas de seis proto-Legiones Astartes enteras fueron reunidas para el asalto final contra los Desiertos del Cáucaso, junto con la Guardia Custodia desplegada en masa con el propio Emperador al frente, así como otros muchos ejércitos tributarios, batallones mecanizados y bandas guerreras agrupados bajo el estandarte del rapaz y el relámpago de la Unificación. Pero de entre todos ellos, fue a la naciente XVIII Legión a quien el Emperador confió el primer golpe del que dependería toda la campaña. Aunque la decisión de utilizar lo que se consideraba una unidad prácticamente desconocida y sin poner a prueba en una misión tan vital fue cuestionada por muchos miembros del Alto Mando imperial, la voluntad del Emperador fue obedecida. La Decimoctava llevaría a cabo el asalto, utilizando docenas de las recién creadas Tuneladoras de Asalto Termite equipadas con tecnología recientemente adquirida en Marte.

Todas las fuerzas de la proto-Legión, consistentes en unos 20.000 Astartes en ese momento, fueron enviadas a lo que muchos creyeron que sería una misión suicida: atacar y destruir los vastos hornos geotérmicos que daban energía a las inexpugnables defensas de la Etnarquía. Estos estaban alojados a gran profundidad, tan por debajo incluso de las fortalezas subterráneas que solo se sabía de su existencia por antiguas leyendas, en una cadena de cien kilómetros de vastas cavernas artificiales conocidas como las Galerías de la Tempestad por las incesantes tormentas de llamas y energías electromagnéticas que surgían de la antigua e incomprendida maquinaria. Revestidos con su servoarmadura especialmente modificada y camuflada con patrones estriados de amarillo sulfuroso y negro, los guerreros de la Decimoctava saludaron al Emperador y montaron con calma en las novedosas máquinas marcianas, penetrando en la oscura tierra y la roca de la frontera de los Desiertos hasta desaparecer en un mundo letal y desconocido.

Pronto se perdió toda señal, y ni siquiera el poder de los psíquicos imperiales podía penetrar en las turbulentas profundidades para mantener el contacto con la fuerza de asalto. Las horas se convirtieron en días, y los días en semanas, pero nada se oía de la fuerza de ataque mientras el vasto ejército del Emperador aguardaba en alerta máxima para lanzar el gran ataque. Presionado por sus comandantes, se dice que el Emperador les hizo callar y replicó: "No me fallarán, volverán de las llamas, y así será siempre." Los informes afirman que momentos después de que pronunciase estas palabras, grandes temblores y terremotos sacudieron la región, con una fuerza tal que se sintieron incluso en Gorodak y la Ciudadela de Jade de Hangol.

A su paso, las redes de energía que durante tanto tiempo habían protegido los Desiertos del Cáucaso fallaron y toda la fuerza de la ira del Emperador cayó sobre sus habitantes para aniquilarlos. El último Etnarca fue encadenado y arrastrado a la prisión de Khangba Marwu, y los secretos enterrados que habían sido su principal ventaja fueron tomados por el ya indiscutible amo de Terra. Del destino de la Decimoctava nada se supo hasta los últimos días de la campaña cuando, lejos de los desiertos, un volcán largo tiempo inactivo cerca de Klostzatz se quebró y una de las Termites surgió de los escombros cargando con poco más de un millar de supervivientes de la Legión. Los informes posteriores de la fuerza de asalto fueron analizados de inmediato por la estructura de mando imperial, y si no hubieran sido respaldados por pruebas y registros hololíticos, es probable que hubieran sido recibidos con incredulidad.

Descenso a las Galerías de la TempestadEditar

Casi cuatro quintos de la Legión habían sobrevivido al viaje hasta su objetivo, mientras que el resto había sido destruido por la plétora de peligros ambientales: aplastados como cáscaras de huevo por placas tectónicas en colisión, o incinerados por mares de magma cuando sus protecciones fallaron. Aquellos que penetraron en las cavernas forradas de carborundum de las Galerías de la Tempestad encontraron un mundo extraño aprisionado tan alienígena como cualquiera de los que la Gran Cruzada hallaría entre las estrellas. Vastas máquinas kilométricas y ahusadas giraban sobre mares enjaulados de metal fundido extraído del núcleo planetario, escupiendo coronas de cegadores relámpagos y colgando de redes de silicatos por las que máquinas inefables e inhumanas correteaban como arañas.

En este horno sin aire imposible de soportal para los mortales, los Legionarios de la Decimoctava no encontraron ningún guerrero del Etnarca que les plantase cara, pues ningún humano había pisado ese infierno en milenios, sino que los guardianes de aquellas incansables máquinas, que llevaban funcionando desde la Era Oscura de la Tecnología, eran autómatas de servicio ennegrecidos por el fuego que reaccionaron a la amenaza de los intrusos como los anticuerpos lo harían en un cuerpo viviente. Increíblemente fuertes y diseñados para resistir los estragos de la tormenta de fuego que los rodeaba, cada uno de ellos habría superado en poder a un Autómata de Batalla del Mechanicum de su tamaño, ya que eran producto del antiguo pasado de la Humanidad. Había miles de esos autómatas de la tempestad, y todos se volvieron contra la Decimoctava en un ataque implacable e incesante. Ni las armas de plasma ni las de fusión podían penetrar su armadura, mientras que la munición Bólter rebotaba sobre ella como si fuesen gotas de lluvia. Solo una fuerza cinética enorme aplicada a cortas distancias en sus articulaciones era capaz de incapacitarlos, una lección que le costó a la Legión centenares de vidas aprenderla mientras era obligada a librar una batalla de desgaste continua con las incansables máquinas tras perder sus transportes Termite cuando fueron localizados y destrozados por las colosales esferas dentadas y articuladas que el antiguo enjambre robótico utilizaba para ampliar las galerías. La Decimoctava resistió con una mezcla de resiliencia estoica y furia suicida, manteniendo el orden en conjunto a pesar del daño sufrido mientras Astartes individuales se arrojaban voluntariamente a morir forcejeando con las máquinas asesinas para que pudieran ser destruidas y sus Hermanos de Batalla sobrevivieran.

Luchando ahora por sobrevivir, retrocedieron de galería en galería, derribando túneles y cortando las redes de silicatos tras ellos para ganar tiempo, pero sus bajas habían sido enormes, con miles de muertos en las primeras doce horas del conflicto. No obstante, el precioso tiempo que habían conseguido a costa de su sangre fue bien aprovechado por los supervivientes, pues no sería ni su inmensa resistencia ni su voluntad de sacrificio lo que les daría la victoria, sino su inteligencia. Mostrando la aptitud tecnológica y artesana por la que se harían justamente famosos, primero empezaron a utilizar los restos de las máquinas atacantes y la maquinaria pesada que los rodeaba para reparar y potenciar su desgastado armamento, y pronto llegaron a arrancar los sistemas centrales de control de los robots y repararlos lo suficiente para lanzarlos contra sus propias filas como berserkers sin mente. Esto resultó ser solo el principio: se redirigieron los conductos de energía y se crearon trampas mecánicas mortales, los ciclópeos pararrayos que conducían la energía de la aullante corona electromagnética de las alturas se convirtieron en improvisados arpones con los que incinerar los corazones de las máquinas-bestia más grandes, se redirigieron ríos enteros de metal fundido hacia los túneles de servicio y se dañaron cámaras atománticas para que detonasen como soles en miniatura, destruyendo máquinas que habían perdurado durante decenas de miles de años.

Pronto se logró alcanzar algo parecido a un punto muerto, pero a un coste terrible: menos de un tercio de los Astartes originales de la Decimoctava Legión seguía vivo, y aunque el cuerpo del vasto sistema había recibido heridas graves, aún no se había descargado un golpe mortal. En las inaccesibles profundidades, el antiguo e implacable Espíritu Máquina que controlaba todas las Galerías de la Tempestad estaba fabricando nuevos soldados para su causa, y eso era algo que la XVIII Legión no podía igualar. Al descubrir esta realidad táctica, la Legión concibió un plan para lanzar todas sus fuerzas en un único ataque coherente para destruir las Galerías de la Tempestad o morir en el intento.

El asalto finalEditar

El plan era atacar y dañar el nodo transmisor central de la mayor galería descubierta hasta entonces, razonando que incluso si no se detenían los vastos generadores ahusados, se conseguiría interrumpir el flujo de energía hacia las defensas superficiales de la Etnarquía. Se diseñó una estrategia en dos frentes. La primera división lanzaría una serie de ataques distractores en otros lugares para distraer al enemigo. Una vez esa parte del plan estuviera en marcha, la segunda y mayor división asaltaría el nodo de energía. Se asumió que aunque la supervivencia era de cualquier forma improbable, la muerte estaba asegurada para la fuerza del asalto central. Por esta razón, los últimos oficiales supervivientes cedieron a los deseos de sus hombres y se repartieron las misiones por sorteo, no porque faltasen voluntarios sino porque era el ferviente deseo de todos tomar parte en el ataque suicida.

Cuando se lanzó el asalto, los Legionarios salieron cargando de sus reductos y posiciones defensivas, muchos de ellos armados con improvisados Puños de Combate, Martillos de Trueno, cañones eléctricos y sierras mecánicas fabricadas con los restos de los autómatas de la tempestad caídos. Llevaron consigo sus reservas de munición y de tropas, nada fue reservado. Atacada repentinamente desde muchos frentes, la inhumana inteligencia que supervisaba las Galerías de la Tempestad respondió con una fría lógica mecánica, dividiendo eficientemente a sus tropas para enfrentarse a las diversas amenazas. La lucha fue salvaje pero el plan funcionaba, de modo que la fuerza concentrada del principal grupo de asalto logró abrirse camino hasta la Gran Galería con sus Dreadnoughts y sus Rapiers abriendo la marcha. Como un hormiguero pisoteado, los autómatas de la tempestad respondieron con una marea de metal carbonizado y chasqueantes servogarras, cargando de frente contra la Legión en los puentes de silicato suspendidos entre el mar de fuego de las profundidades y el huracán de relámpagos de San Telmo de las alturas. Centenares de cuerpos, tanto de Astartes como de máquinas, cayeron destrozados al ardiente abismo, mientras los cables cortados chisporroteaban furiosamente, los cuerpos mecánicos estallaban en nubes de fuego y metralla y la sangre se vaporizaba en el aire supercaliente.

Lenta y tortuosamente la Legión se abrió camino hasta el imponente nodo de energía situado en el centro de la galería, ganando cada metro a costa de docenas de vidas. Fue entonces cuando el kraken surgió de las profundidades. Una vasta máquina bestial, la mayor de las que mantenían las Galerías de la Tempestad, apareció revestida de escamas de diamante sintético negro por las que corría el metal fundido como si fuese agua. Sus tentáculos podrían haber aplastado a un Titán y había más que suficientes para envolver y partir los puentes de silicato sobre los que luchaba la Legión. Viendo que sus armas eran totalmente inútiles contra este nuevo enemigo, los supervivientes se vieron obligados a intentar una retirada que sabían que era inútil mientras los hilos de silicato eran cortados y centenares caían hasta morir. Lo que ocurrió a continuación solo puede conjeturarse, pero la última y confusa transmisión enviada desde la Gran Galería mostraba a una de las enormes esferas tuneladoras gravíticas de los autómatas de la tempestad atravesando el muro de la cámara, sobrepasando al kraken de diamante y chocando directamente contra el nodo-nexo. Se cree que la única explicación posible es que uno de los grupos de distracción había aprovechado la confusión de la batalla para hacerse con el control de una de las colosales esferas serradas y la había empleado como arma de último recurso. Fuese cual fuese la causa, ya un acto de la Legión, ya un calamitoso fallo de su propio mecanismo de control, la estructura del nodo explotó, hundiendo la galería y arrasando numerosas cámaras y túneles contiguos, lo que a su vez provocó los temblores y terremotos que se sintieron en la superficie de toda la región. La explosión también parece que acabó con el Espíritu Máquina que gobernaba a todas las máquinas, pues después de ella los autómatas se apagaron, la maquinaria se detuvo y los vastos generadores ahusados se hundieron lenta y silenciosamente en las llamas del fondo para no volver a girar jamás.

ConsecuenciasEditar

Poco más de mil de los 20.000 Legionarios de la Decimoctava sobrevivieron, todos ellos dispersos por las Galerías de la Tempestad al haber estado llevando a cabo ataques de distracción en las zonas más alejadas, y demostraron de nuevo su fortaleza y perseverancia al reagruparse y su inteligencia al reconstruir uno de los dañados transportes Termite para emprender el arduo viaje de vuelta a la superficie. A su regreso, el propio Emperador reunió a los supervivientes y les concedió a perpetuidad el Laurel de la Victoria por la campaña contra el Etnarca (para disgusto de algunos comandantes), y su primer honor de batalla, grabado con el lema "Probados en el Fuego y la Oscuridad". Esta frase resultaría profética, y la victoria en las Galerías de la Tempestad dejaría el listón muy alto para la Legión en términos de habilidad, fijando unas expectativas de autosacrificio y victoria frente a lo imposible que pasarían factura a la Decimoctava Legión durante los primeros años de la Gran Cruzada. Es interesante añadir que los supervivientes trajeron consigo lo que habían aprendido sobre la metalurgia y la fabricación de máquinas anteriores a la Era de los Conflictos, secretos que solo compartieron con el Alto Mando imperial.

FuentesEditar

  • The Horus Heresy II.
El contenido de la comunidad está disponible bajo CC-BY-SA a menos que se indique lo contrario.