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"Se llaman a sí mismos ángeles, estos despojos de un millar de infiernos que se han visto elevados y dotados de brillantes armaduras, relucientes espadas y máscaras de forma bella y elegante. Y sin embargo, me pregunto: ¿han llevado puestas esas máscaras tanto tiempo que se han olvidado de lo que aguarda bajo ellas, esa faceta monstruosa que ansía ser liberada?"

Atribuido a Marlehck Brandt, Rememorador adjunto a la IX Legión entre 811.M30 y 848.M30

Los Ángeles Sangrientos (Blood Angels en inglés) fueron la IX Legión de Marines Espaciales que el Emperador creó para su Gran Cruzada. Su Primarca era Sanguinius, y su mundo natal es Baal.

En combate, la Legión de los Ángeles Sangrientos era la encarnación de la ira del Emperador hacia aquellos que rechazaban el regalo de la Unidad. Liderados por su angelical Primarca Sanguinius, su venida no era nada menos que un juicio apocalíptico descargado sobre los culpables desde las alturas, y descendiendo de los cielos sobre alas de fuego, la Legión conquistó mundos humanos perdidos tanto por su furia sobrenatural como por el terror y el pasmo que engendraba. Naciones enteras cayeron de rodillas, acobardadas por la furia y el esplendor de estos "ángeles rojos", por temor a perecer bajo las brillantes espadas de los Marines Espaciales. A los xenos no se les daba este cuartel, y la ira de la Legión se manifestaba como una marea de carnicería implacable que solo amainaba tras lograr el exterminio absoluto.

Sin embargo, durante la Herejía de Horus sufrieron un gran golpe: la pérdida de su padre angelical a manos del Señor de la Guerra Horus durante la Batalla de Terra. Su muerte fue tan terrible que dejó una cicatriz en todos y cada uno de los miembros de la Legión y, desde aquel oscuro día, se murmura que los Ángeles Sangrientos portan una terrible maldición en la sangre.

Historia[]

El destino es un amo caprichoso, pues no importa cuánto se retuerza y revuelva su presa, ni qué triunfos alcance ni qué pruebas supere: siempre la alcanzará y aplastará. Los Ángeles Sangrientos lucharon contra el destino escrito en sus propios genes, desafiaron el papel que el Emperador había escogido para ellos y se atrevieron a creer que podían trascender más allá de la oscuridad que les seguía. Tomaron lo peor de la Humanidad y lo hicieron brillante y hermoso, se alzaron sobre lo que habían sido antaño y se elevaron sobre el naciente Imperio como los ángeles guardianes que les daban nombre. Y sin embargo, en sus éxitos arraigaron las semillas de su caída, sembradas en la envidia del Señor de la Guerra caído que veía en ellos todo de lo que él mismo había renegado. El primer golpe de la Herejía de Horus hizo caer a los Ángeles Sangrientos de rodillas, y las tragedias que le siguieron harían pedazos su resolución y los dejarían quebrados. No obstante, por su propia naturaleza la IX Legión no se desesperó ni se rindió ante la oscuridad, sino que volvió a alzarse una y otra vez.

¿Qué podrían haber logrado Sanguinius y sus hijos de no haber sido por el oscuro destino que les acaeció por culpa de la traición y la genética? ¿Qué brillante flor podría haber florecido de la carnicería y la sangre de sus orígenes? Ese futuro desconocido es otra más de las bajas causadas por la guerra civil de Horus. Los Ángeles Sangrientos sufren aún hoy día la lenta degeneración de su noble estirpe con el orgullo testarudo que les caracteriza.

Orígenes: Los despojos de la Vieja Noche[]

Hay muchas nobles leyendas sobre las Guerras de Unificación, y sobre las batallas en las que las Legiones recién nacidas del Emperador barrieron a todos los que se Le opusieron. Entre estos relatos, ninguno hay que mencione a la IX Legión, aparte de sombríos rumores y susurros apagados. Mientras que las primeras Compañías de las demás proto-Legiones recibían sus bautismos de sangre en Albia, Yndonesia y Franc junto a las apretadas filas de los Guerreros Trueno, la Novena estaba ausente, asignada a un papel tan vital como desagradable. La antigua IX Legión servía al Emperador del mismo modo que un incendio servía a un general en el campo de batalla: no conquistaban, sino que arrasaban, creciendo y creciendo a medida que avanzaban; eran un arma que no podía ser dirigida ni controlada, solo soportada.

Escasas en número, las Legiones luchaban originalmente como simples vanguardias de fuerzas más grandes, como puñales afilados que complementaban el basto martillo de los ejércitos de la Unificación. Eran el fulcro sobre el que cambiaban las tornas de la batalla, el punto de control, librando batallas a pequeña escala, como asaltos de precisión e incursiones audaces. La IX Legión seguía otro patrón. Incluso en sus primeros días ya era una de las proto-Legiones más grandes, y cuando guerreaban lo hacían como un repentino maremoto, barriendo toda oposición en una oleada de asaltos brutales. Fue desplegada en las zonas de guerra más peligrosas, aquellas regiones malditas arrasadas por la radiactividad y la contaminación química de la Vieja Noche, lugares en los que solo las estirpes más retorcidas y degeneradas de la Humanidad seguían viviendo. En los desiertos que existían más allá del centro de atención de la Historia, mantuvo la línea, sola e ignorada mientras el Emperador proseguía Sus grandes conquistas.

Este sombrío destino no era ningún accidente, ni una elección arbitraria por parte de un general distante, pues cada una de las Legiones había recibido las dotes genéticas adecuadas para cumplir su papel en la obra del Emperador, y la Novena no era una excepción. Mientras otras Legiones reclutaban solo a los mejores, a los príncipes y a los campeones de las naciones conquistadas de la Vieja Tierra, y producían solo unos pocos iniciados, la IX Legión tomó a las hordas de hombres desposeídos y rotos y las convirtió en un ejército de ángeles. Marcadas por una herencia de largas generaciones atrapadas en las zonas radiactivas y las fortalezas hundidas de las envenenadas tierras salvajes de Terra, estas criaturas ya no eran del todo humanas, sino bestias horriblemente mutadas que los tiranos de la Vieja Tierra habían rechazado y cazado. Y sin embargo, de esos materiales tan vulgares emergió una estirpe de Legionarios Astartes uniformes en altura y belleza, dotados de rasgos esculpidos con severa elegancia.

La plantilla genética única del padre aún desconocido de la IX Legión parecía favorecer a los retorcidos y deformes, aunque el dolor que infligía en los que eran introducidos en la Legión era superior a lo que muchos podían soportar. Como los seres debilitados por años de exposición a las zonas radiactivas y venenos más horrorosos pocas veces sobrevivían semejante ordalía, el número de reclutas que sobrevivían para convertirse en Astartes era escaso. No obstante, a diferencia de otras Legiones, la Novena amplió el alcance de sus redes, empleando a tribus enteras de habitantes del desierto, a prisioneros de guerra y al largo cortejo de aspirantes que siempre les seguía los pasos. Los ensangrentados Apotecarios utilizaban sus cuchillas sin descanso para mantener a la Legión en condiciones de seguir luchando incluso en los escenarios de operaciones más infernales, y aunque la leyenda de la Novena languidecía, sus filas no lo hacían.

A medida que sus fuerzas crecían, también lo hicieron los oscuros rumores que les seguían, pues el legado del Emperador les había otorgado otros dones más terribles. Estos les harían ganarse un nuevo epíteto entre la soldadesca de los ejércitos mortales del Emperador: los Devoradores de los Muertos. Esto se debía a que tras cada batalla, las elegantes figuras de la IX Legión acechaban el campo de batalla mucho después de que los combates hubiesen cesado, buscando los mejores entre los caídos y dándose un festín con su carne y su sangre. Muchas de las victorias obtenidas por la Unificación de la Vieja Tierra quedaron mancilladas por la visión de ángeles empapados de sangre rebuscando entre los campeones caídos y heridos del enemigo por los campos inundados de cadáveres, aunque pocos entre sus detractores se dieron cuenta del propósito de esta terrible fijación. Esto, en realidad, también era parte del gran designio del Emperador, pues a través de las mejoras que les habían transformado, los guerreros de la IX Legión robaban al enemigo su poder, absorbiendo sus conocimientos y habilidades y apropiándose de ellos. En los lugares arrasados en los que luchaban solos y lejos de todo apoyo, este rasgo les proveía de información inestimable y convertía a hasta los reclutas más verdes en guerreros listos para la batalla. Sin embargo, la macabra reputación que se habían ganado les envolvió como un sudario, oscureciendo sus logros. Habían sido creados para luchar contra monstruos, en solitario y en los lugares más oscuros, pero al hacerlo se arriesgaban a convertirse en criaturas más horribles que aquellas contra las que combatían.

El rememorador[]

La omofágea, uno de los muchos implantes necesarios para transformar a los hombres mortales en Astartes, fue diseñada por el Emperador para permitir a Sus Legiones absorber los recuerdos y habilidades de su enemigo al consumir su carne. Se aloja en la médula espinal, pero en realidad forma parte del cerebro, y consiste en cuatro haces de nervios que conectan la espina dorsal con las paredes del estómago. Capaz de leer y absorber material genético, la omofágea extrae información en forma de recuerdos o experiencias que se añaden a las del receptor. La naturaleza hiperactiva de este órgano en la IX Legión llevó al desarrollo de varios rituales de canibalismo e ingesta de sangre que marcaron la fama de la Legión en sus primeros años. Las mutaciones en este implante que caracterizan a la Legión son la causa más probable para las ansias de carne y sangre experimentadas por muchos de sus reclutas, y antes del condicionamiento y entrenamiento mental introducido por Sanguinius, estos impulsos arraigaron con fuerza en el carácter de la Legión.

Los efectos de la omofágea permitían que los nuevos reclutas fuesen iniciados y proveídos de unas competencias básicas con una rapidez extrema mediante el consumo de la carne de los caídos. Esta práctica necrófaga era habitual en los primeros años de la existencia de la Legión, ya que permitía sustituir con rapidez las bajas sufridas. Por esta razón, los Apotecarios de la IX Legión eran conocidos por llevar grandes reservas de semilla genética a las zonas de combate, listas para la cosecha de nuevas almas que seguía tanto a la gloriosa victoria como a la ignominiosa derrota.

El Culto de los Renacidos[]

Allí donde acampaba la IX Legión le seguían los peregrinos, una vasta multitud de hombres olvidados y retorcidos que superaba con creces en tamaño a la propia Legión. Acudían para despojarse de los cuerpos deformes que habían sido su carga y su maldición, el legado de la Vieja Noche, y aullaban y clamaban a la IX Legión para que les escogieran y les hicieran renacer. Acudían a someterse a la sangre y el tormento y a alzarse de nuevo como ángeles del nuevo Emperador.

Al principio estas muchedumbres no eran más que grupos de vagabundos desesperados, pero a medida que su número aumentaba, aparecieron los Hermanos Rojos entre ellos. Vestidos con hábitos carmesíes, cantaban alabanzas a la IX Legión desde la distancia y recogían los fragmentos abandonados de armadura y los casquillos de las balas dejados atrás por los Legionarios como reliquias. Tejieron una capa de religión y misticismo en torno a los ángeles del Emperador, adoctrinando a aquellos que venían en busca de redención y poniendo orden en las multitudes. Predicaban un credo sangriento de sacrificio y ofrendas de sangre a los ángeles de manos rojas a los que adoraban, rogando unirse a ellos en una eternidad de guerra. Este sueño embriagador resultó ser un reclamo potente, y tanto la Legión como el culto sacaron provecho.

Durante un tiempo, se volvieron indispensables para la joven Legión, dirigiendo a los fieles y engordando sus propias arcas con los diezmos y sobornos de aquellos a los que predicaban. Aunque los guerreros de la Novena les contemplaban con desinterés, los Hermanos Rojos usaron su influencia y su riqueza para gobernar sobre las hordas de peregrinos que seguían a la Legión y para decidir quién sería presentado a los Apotecarios. Sin embargo, sus días estaban contados, pues al final de las Guerras de Unificación, el Emperador decretó la Verdad Imperial, denunciando todas las clases de superstición. Al final, las caravanas de palios de seda de los Hermanos Rojos fueron quemadas por la propia IX Legión, que volvió sus armas contra los sacerdotes y sus devotos con cruel indiferencia, ya que las Guerras de Unificación habían engendrado en sus corazones un carácter frío y sombrío y un menosprecio casual por el sufrimiento y la muerte.

La Legión Resucitada[]

Las Guerras de Unificación se extendieron por el Sistema Solar como una tormenta imparable y salvaje, y con ellas zarpó también la IX Legión. A pesar de ser una de las Legiones más grandes en aquellos días, al haber reforzado sus filas mediante un extenso reclutamiento durante la guerra por la Antigua Terra, la Novena no tuvo ningún lugar asignado entre las huestes destinadas a asaltar las lunas de Júpiter ni los mundos interiores ricos en recursos. En lugar de eso, su bandera fue plantada entre las lunas artificiales del terrible Neptuno, cuyos túneles laberínticos y oscuros salones eran guarida de incursores xenos y de los últimos colonos humanos degenerados de aquel alejado puesto avanzado. Allí no había mucho que ganar, salvo tiempo, valioso tiempo para que el Emperador pudiera apoderarse de los astilleros de Saturno y hacerse con la lealtad de Marte, para lo cual necesitaba que los incursores y mutantes de los mundos exteriores fueran mantenidos a raya. Con ese fin, envió a la IX Legión a su muerte.

Doce mil guerreros de la Novena, todos ellos veteranos de las guerras de la Antigua Terra, desaparecieron entre las lunas de Neptuno. Mientras el Emperador y Sus grandes ejércitos sometían Saturno, Marte y los mundos interiores, no recibieron ninguna noticia de la IX Legión, ni de su éxito ni de su aniquilación. Para cuando estas conquistas fueron completadas y el Emperador regresó a la fría oscuridad del sistema exterior, pocos esperaban encontrar más que cadáveres congelados. Sin embargo, cuando llegaron a Neptuno se encontraron con que la IX Legión seguía viva y en perfectas condiciones: de hecho, a pesar de la pérdida de buena parte de los miembros del despliegue inicial, el tamaño de sus fuerzas era prácticamente el mismo gracias al reclutamiento realizado entre los despojos de la población apenas humana de Neptuno. Donde otras podrían haber flaqueado y caído, la IX Legión solo se había vuelto más fuerte, alzándose de las cenizas de la derrota como un fénix ensangrentado.

En aquellos sangrientos días, la Legión era una bestia en constante cambio, cuyas filas estaban formadas principalmente por infantería de línea equipada casi en exclusiva para la locura brutal del asalto cuerpo a cuerpo. Este era un papel en el que la Legión destacaba, ya que siempre prefería una carga repentina y aplastante que una larga batalla de desgaste. Entendían perfectamente el efecto de su macabra leyenda en la guerra: solían decidir lanzar sus ataques al anochecer o al amanecer, y decoraban sus armaduras con una amplia variedad de imágenes de osarios, además de salir al campo de batalla sin sus yelmos para que la visión de sus rostros angelicales salpicados de sangre perturbase al enemigo. Algunas Compañías incluso empezaron a incorporar los secretos rituales sangrientos de la Legión a sus doctrinas de batalla, despedazando al enemigo en mitad de la batalla o entregándose a sangrientos festines para romper la moral enemiga y difundir el pánico entre sus filas.

Una y otra vez la IX Legión fue arrojada al crisol de la destrucción, y cada vez emergió tan completa como antes. En cada ocasión tomaban del enemigo lo que necesitaban para seguir luchando y conseguían victorias donde otros solo habían visto derrotas y desesperación, pero esto les transformó. En los silenciosos y oscuros campos de batalla del Cinturón de Kuiper y los interminables desiertos de Rust, la IX Legión fue enviada a luchar y sobrevivir donde otras no podrían hacerlo, a combatir en las operaciones invisibles de contención durante los primeros pasos tambaleantes de la Gran Cruzada. El propio Malcador el Sigilita tomó nota de sus hazañas y la apodó la Legión Resucitada, un título que muchos usarían para referirse a los guerreros indomables de la IX Legión expresando tanto un asombro supersticioso como admiración por su valentía. De hecho, el Sigilita era solo uno de varios oficiales de alto rango de la Divisio Militaris que parecían incómodos con esta rama de las Legiones Astartes, la cual carecía del prestigio o de la clara popularidad de algunas de sus hermanas, como la famosa XIII Legión o la XVI Legión del propio Horus.

Al ser un arma peligrosa y desagradable que solo se desenvainaba en situaciones desesperadas y después se escondía rápidamente de nuevo, la IX Legión se solía ver relegada a la compañía de aquellas Legiones menos favorecidas por los brillantes señores del recién forjado Imperio. De este modo desarrollaron una amarga cercanía con los salvajes Perros de la Guerra y la a menudo olvidada Cuarta Legión, Legiones ambas que Horus había convertido en sus armas prescindibles, aunque era raro ver a estas Legiones combatiendo juntas. No obstante, fue la labor de estos guerreros ignominiosamente prácticos y ensangrentados la que sentó los cimientos del Imperio, aunque haya pocas canciones que alaben las hazañas que el Emperador les ordenó llevar a cabo en pro del dorado imperio que buscaba construir.

La Novena Inmortal[]

Una y otra vez los mejores de la IX Legión caían en el campo de batalla, pero los registros de su valor mencionan a menudo al mismo puñado de guerreros y campeones. Algunos rememoradores e historiadores se han basado en esto para hablar de una larga historia de héroes irreductibles, llegando incluso a convertir estos registros recopilados en una serie de estrofas épicas, forjando sus distintas apariciones en una sola leyenda. Sin embargo, la verdadera razón de la longevidad de determinados nombres en el orden de batalla de la IX Legión es mucho menos heroica.

Desde su fundación, la IX Legión había operado en las condiciones más extremas, y la necesidad había obligado a sus guerreros a adoptar una serie de prácticas que en otras circunstancias podrían ser vistas como monstruosas. Una de ellas, alimentada por la naturaleza de su diseño y de las condiciones en las que luchaban, era que los Capitanes caídos fuesen devorados por sus seguidores para preservar sus habilidades y experiencia acumuladas con esfuerzo. Como muestra de honor y gesto pragmático, también se acabó aceptando que los reclutas adoptasen los nombres de aquellos cuyas habilidades absorbían, y los Tenientes tomaban los de sus Capitanes. Tal era el parecido físico entre cada miembro de la Novena y sus angelicales hermanos que la mayoría de extraños no se daban cuenta de esta sutil forma de inmortalidad. El ejemplo más famoso de esto fue la figura que se creía que había dirigido la IX Legión como su primer y único Señor antes del descubrimiento de Sanguinius. Conocido en las crónicas como Ishidur Ossuros, se cree comúnmente que este guerrero dirigió la Novena desde la Unificación hasta el hallazgo de Baal a finales del M30, aunque un análisis detallado de los registros muestra que el guerrero que portaba ese nombre murió varias veces y fue sustituido por otro.

Con el tiempo e innumerables batallas, esta práctica se convirtió en una tradición muy estimada en la Legión, un ritual visceral que unía entre sí a los supervivientes a pesar de sus orígenes a menudo muy distintos. Sin embargo, del mismo modo que unía entre sí a los guerreros de la IX Legión, los alejaba de sus camaradas en el Ejército Imperial y otras Legiones. En los años anteriores al regreso de Sanguinius, no fueron pocos los Primarcas que expresaron su desagrado con las prácticas de la IX Legión, aunque no podían rebatir sus éxitos en la batalla. Tal era el legado de desconfianza y barbarismo que la Novena arrastraba consigo, uno impuesto por la brutal necesidad de su vocación.

Descenso hacia la locura[]

Con cada victoria, las terribles leyendas que rodeaban a la IX Legión crecían y se extendían. Eran los espectros que acechaban las zonas salvajes al borde del avance de la Gran Cruzada, los terrores desatados por el Emperador para despejar Su camino a través de las estrellas. Era un deber y un título que aceptaban con sombrío orgullo, sin rehuir la posición que ocupaban en Su nombre ni las misiones que les eran asignadas. Cada campaña era llevada a cabo con una furia fría que les distinguía del resto de perros de presa y asesinos ocultos del Emperador, un hambre silenciosa y taciturna de sangre y muerte que era tan terrorífica como efectiva. Una vez entrada en combate, la Novena no cedía, no se retiraba, y no podía ser detenida. Luchaba hasta que el enemigo había sido destruido por completo y no dedicaba ningún interés a las nociones de piedad o de la necesidad de levantar un imperio en vez de un cementerio.

Pocos entre los grandes y poderosos la recibían con gusto en la víspera de una batalla, pues el hedor de la muerte y la locura siempre rodeaba a sus guerreros. De este modo, carente de un patrón entre el puñado de Primarcas retornados que la guiara y diera un propósito a sus conflictos, la IX Legión quedó cada vez más aislada y rodeada de infamia. Desarrolló una extraña mezcla de doctrina imperial y rituales sangrientos, y sus filas se llenaron de cultos macabros y sangrientos profetas guerreros a medida que las supersticiones de un centenar de mundos cobraban poder por la naturaleza de su transformación y se enconaban en los peores campos de batalla de la Gran Cruzada. Peor aún, la apariencia de estos ángeles empapados de sangre, altos e impresionantes, a menudo empujaba a aquellos a los que sometían al Imperio a adorarles por temor a enfurecer a los ángeles rojos venidos del cielo. Era una caída en la locura que iba camino de provocar el fin de la Legión, pues de no remitir, se volvería en un peligro peor para el Imperio que los monstruos para cuya destrucción había sido creada.

Las semillas de esta destrucción ya estaban sembradas, pues muchos vigilaban a la Legión y sus comandantes, desconfiados de la Novena Inmortal y de sus asesinos cubiertos de sangre. La 14ª Compañía de la IX Legión fue sancionada por Rogal Dorn por sus actos durante el Segundo Asedio de Yarant, donde los guerreros de la Novena se pusieron a matar y consumir prisioneros sobre las murallas de la fortaleza para desmoralizar al enemigo además de obtener inteligencia. Por su parte, el Ejército Imperial presentó una querella contra la Legión después de que se registraran informes de que los soldados heridos de los Rifles de Malagant habían sido masacrados y desangrados por la IX Legión en lugar de dejarles caer en manos del enemigo durante la retirada de Shedim. Este pragmatismo brutal no parecía preocupar a la IX Legión, pero no hacía más que sustentar las reclamaciones de aquellos que pretendían que sufriera el mismo destino que las otras Legiones fallidas.

Hecha pedazos por los dictados de la guerra y las necesidades de la Gran Cruzada, la IX Legión quedó marginada entre sus hermanas. Ahora sus guerreros luchaban en pequeñas Compañías aisladas, y cada una desarrollaba su propia variante distintiva de los cultos rojos que se habían extendido por toda la Legión. Seguían manteniendo una fuerza principalmente compuesta por tropas de infantería de línea y de asalto, pero esto se debía menos a la conveniencia táctica que a la reticencia de la Divisio Militaris a proporcionarles armas y municiones más potentes. Como consecuencia, la Legión recurrió cada vez más a sus propios métodos macabros para ganar sus batallas, valorando la victoria muy por encima del respeto de sus iguales. Su amargo orgullo ante lo que percibían como envidia de los demás les daba fuerzas, pero también servía para empeorar su reputación.

La IX Legión se encontraba en el filo de la navaja. Seguían siendo una pieza necesaria, aunque sangrienta, del plan del Emperador para conquistar la galaxia, pero esa conquista no duraría para siempre, y al final la Novena se convertiría en una carga más que en una bendición en esa nueva Edad Dorada. La IX Legión tendría que rendir cuentas pronto: o bien renacía de nuevo, cambiada y no disminuida como antes, o sería exterminada y borrada de la historia. Fue entonces cuando una flotilla exploradora de la Gran Cruzada descubrió un mundo prácticamente insignificante de ruinas y desiertos, un mundo cuyas lunas también tenían sus propias leyendas de un ángel ensangrentado. Un mundo llamado Baal.

Sanguinius y los baalitas[]

Hallazgo en un paraíso destrozado[]

Atrapado en las tumultuosas garras del extremo septentrional del núcleo galáctico, Baal era un mundo muerto desde hacía mucho, reducido a ruinas y desiertos azotados por la radiación por las guerras olvidadas de la Vieja Noche. Las primeras Flotas Expedicionarias lo habían pasado por alto al buscar objetivos para la Gran Cruzada, ya que aunque se encontraba junto a una gran corriente disforme estable, no poseía ningún valor industrial real y apenas estaba poblado. Sin embargo, fue aquí donde el Emperador redescubrió en el 843.M30 a uno de Sus hijos perdidos, el Primarca Sanguinius. Como muchos de los Primarcas, Sanguinius había traído una sangrienta paz a su mundo de adopción y moldeado a las tribus primitivas que allí había encontrado de acuerdo a sus propios ideales. El suyo era un legado de conquista templada con justicia y sabiduría, muy distinto del camino que había tomado la IX Legión que le iba a ser entregada.

Al haber visto la venida del Emperador en sueños proféticos, Sanguinius se arrodilló ante su padre sin protesta ni tardanza, y se formó junto al propio Horus, acompañando al Primarca y a sus Lobos Lunares para ver cómo se libraba la guerra entre las estrellas y entender el funcionamiento del vasto Imperio que el Emperador estaba construyendo.

Mientras Sanguinius establecía un lazo de confianza con su hermano y mentor, la IX Legión fue convocada para recibir a su nuevo señor. Al acudir desde zonas de guerra distantes y repartidas por toda la galaxia, pasaron muchos meses antes de que cada una de las bandas dispersas de la IX Legión fue encontrada y llamada de vuelta. Pasarían dos años y cuatro meses antes de que se completase la reunión, y en el mundo azotado por las tormentas de Teghar se desplegó un ejército de asesinos sombríos con rostros de ángel, aguardando ansiosos una nueva masacre que compartir.

Los Capitanes de la Legión Resucitada, los ángeles empapados de sangre de la Gran Cruzada, se agruparon cuando varios transportes Stormbird que portaban la marca de los Lobos Lunares descendieron desde la órbita. De su interior bajó una tropa de guerreros revestidos del blanco perlado de la Legión de Horus, pero el que los lideraba no era Lupercal, aunque por su estatura era claramente un hijo del Emperador y uno de Sus Primarcas. Sus grandes alas blancas se desplegaron y Sanguinius se reveló ante sus hijos, mostrando facciones esculpidas que eran la viva imagen de los guerreros que se agolpaban a su alrededor. Sanguinius contempló a los guerreros de la Novena, todos ellos marcados por las batallas incesantes tanto en sus orgullosos rostros como en los oscuros rincones de sus espíritus. Estos no eran hombres que fueran a verse impresionados por la pompa y la ceremonia de su escolta, ni por la simple fuerza de las armas. El Primarca alado, en medio de la lluvia y las tormentas de ese lejano mundo, dobló la rodilla ante aquellos asesinos de apariencia áspera y bebedores de sangre cubiertos de cicatrices, y en vez de exigir su lealtad, les ofreció la suya propia.

A aquellos guerreros que lo habían dado todo por el nuevo Imperio y a cambio solo habían recibido desprecio y desconfianza se les ofrecía la lealtad de un Primarca, entregada libremente y sin reservas. Sanguinius se había ganado su devoción con sus actos, y para sellar su unión con ellos dirigió a la Legión reunida en su primera campaña, combatiendo en la primera línea de batalla y demostrando con su valor la sinceridad de su juramento. El tormentoso quinto mundo del planeta, Teghar Pentaurus, fue el escenario en el que Sanguinius luchó por la lealtad de su Legión. Allí derramó su sangre en el torbellino del combate y llegó a entender la verdadera naturaleza de sus hijos. Sanguinius presenció la sed de sangre y el hambre mística que corrían por el corazón de su Legión y las reconoció como su propia oscuridad interior. Las hordas pseudohumanas de Teghar y sus bestias esclavas cayeron ante la IX Legión como el trigo ante la guadaña, y el propio Sanguinius se hizo con la piel de un terrible carnodón como trofeo y como símbolo del pacto que había formado con sus hijos. Tras la sangrienta conclusión de la campaña, Sanguinius vio un posible futuro, un porvenir carmesí de guerra eterna en el que sus hijos se convertirían en auténticos monstruos, en marionetas de una furia oscura y terrible. Sin embargo, el Primarca alado no desesperó.

Incluso en el calor de la batalla, seguía habiendo en los guerreros de la IX Legión una chispa de nobleza, las cenizas aún calientes de su orgullo marcial y su determinación. Luchaban para aferrarse al caprichoso favor de la victoria, no por la pura masacre, y se atenían a sus propios códigos de honor con voluntad de hierro. Estas serían sus armas en la batalla por el alma de la IX Legión, las herramientas con las que elevaría a sus guerreros. El Primarca alado sabía perfectamente que ningún futuro era absoluto y ningún oscuro destino era imposible de reparar, y al concluir la batalla declaró:

"Aunque hay una oscuridad que flota sobre ellos, un futuro empapado de sangre y horror, siguen siendo ángeles. Ángeles de Sangre."

Sanguinius

La Legión renace[]

Los recién bautizados Ángeles Sangrientos no regresaron en masa a Baal, pues ese abrasador desierto no tenía nada que enseñarles que no hubieran aprendido ya en las ruinas de Terra y de un millar de mundos muertos más. En lugar de eso, Sanguinius buscó la ayuda de su hermano, Horus, que había sido su mentor y amigo durante sus primeros años como parte del gran ejército del Emperador. Dividiendo su Legión, cuya heráldica había sido cambiada para honrar al Primarca y combinar con el nuevo nombre que se le había concedido, envió a cada Compañía a servir junto a otra de los Lobos Lunares de Horus. Los Ángeles Sangrientos combatieron al lado de estos renombrados guerreros durante la siguiente década, contemplando la caída de incontables mundos y la realización de campañas de todo tipo, desde las brutalmente simples guerras de exterminio, hasta las letalmente sutiles campañas de guerrilla y sigilo. A la sombra de los Lobos Lunares y del mayor de los Primarcas del Emperador, los antiguos parias de la IX Legión empezaron a ganarse el respeto de sus pares y a adquirir un nuevo sentido del decoro.

Cada una de las campañas fue una nueva prueba, una seleccionada con aguda inteligencia por los dos Primarcas para curar sutilmente las heridas infligidas por el tiempo y el destino a los Ángeles Sangrientos. Sanguinius inspiró en sus hijos un nuevo orgullo, no por la simple carnicería y una eternidad ensangrentada de luchas cuerpo a cuerpo, sino por un futuro en el que se alzarían como modelos del credo imperial, como iguales incluso de los guerreros del propio Horus. En el año que duró el asedio de Anaxis XII, comprendieron el valor de la hermandad al combatir hombro con hombro con los Puños Imperiales contra una marea aparentemente infinita de Hrud. En Cambriole y Prehalt aprendieron a mantener la disciplina cuando enfrentaron sus espadas con las de inescrutables incursores Eldars. Asimismo, en Kentaurus Beta descubrieron algo sobre la piedad cuando Sanguinius les dirigió en la pacificación incruenta de las colonias kentauranas. Con cada batalla, la Legión se liberaba de parte del estigma de su pasado y daba sus primeros pasos flaqueantes por una nueva senda.

Ansiosos de mostrarse dignos del juramento que el Primarca les había hecho, los guerreros de la IX Legión se esforzaron por dejar atrás la ensangrentada soledad que antaño había sido la armadura de su orgullo y por abrazar las nuevas virtudes que Sanguinius les había mostrado. Con su furia templada por la sabiduría y su ansia de sangre dominada con disciplina, cuando la IX Legión regresó de nuevo a Baal, ya no eran la bestia tosca que antaño había acechado Terra, sino una Legión renacida en una forma más en consonancia con su señor de alas de ángel. Allí, en las arenas de Baal, los guerreros de la antigua Novena fueron recibidos por los contingentes recién reclutados y entrenados de entre La Sangre, el pueblo nativo de aquel sistema azotado por la radiación, a quienes el propio Sanguinius había elevado y educado en las artes de la guerra. Las dos mitades de la Legión se unieron, y los guerreros de ambas se extendieron por las muchas Compañías de los Ángeles Sangrientos a fin de reforzarse mutuamente y debilitar la permanencia del pasado terrano de la Legión.

El hambre seguía presente, como una bestia encadenada que acechaba lista para saltar desde el borde de la locura, aguardando la ocasión de ser liberada de nuevo, pero gracias a la fe de su Primarca ahora tenían un firme control sobre sus grilletes. Los Ángeles Sangrientos afilaron sus mentes y sus voluntades, dedicándose al estudio de la sabiduría además del de la guerra. Se convirtieron en eruditos además de guerreros, y bajo la mirada aprobadora de su Primarca alado, dejaron a un lado el barbarismo que antaño habían abrazado y buscaron demostrar que eran una fuerza digna del futuro por el que luchaban. Con el paso del tiempo, el pasado de los Ángeles Sangrientos fue olvidado por aquellos junto a los que luchaban, y el hambre de sangre se convirtió en poco más que un mito, un cuento de terror mal recordado sobre antiguos monstruos que antaño habían servido al Emperador. Los pocos Legionarios que volvían a sucumbir a su sed, o a la furia negra que venía a continuación, eran ocultados silenciosamente, bien recibiendo la paz del Emperador, bien siendo encerrados en Baal. Los Ángeles Sangrientos y su Primarca se unieron a la Gran Cruzada como iguales, sin ser mirados con desprecio por nadie, y siguieron la llamada de la guerra hacia las estrellas.

La nueva Legión revestida de carmesí era a la vez familiar y sin embargo fundamentalmente distinta en su carácter. Seguía guerreando con una furia que sacudía los cielos, pero ahora estaba sometida a una profunda disciplina y movida por un intelecto agudo. Seguían favoreciendo el asalto de choque, cayendo sobre el enemigo de repente y sin previo aviso, pero ahora, con el respaldo de un Primarca, hacían uso de toda la panoplia de tecnologías imperiales. Ahora, cuando llegaban los ángeles, lo hacían cayendo del cielo como una lluvia de fuego, como un millar de luces ardientes contra el cielo del amanecer, como la ira del Emperador encarnada. No obstante, sus habilidades no se limitaban a esto, pues aunque el asalto repentino era su táctica favorita, ahora conocían perfectamente el valor de la retirada fingida, la línea de artillería y cien estratagemas más. Eran una Legión completamente formada, mucho más que la simple maza que habían sido anteriormente, y esta es quizás la prueba más fehaciente del plan del Emperador para Sus Legiones: con sus Primarcas quedaban completas, formando unidades muy superiores a la suma de su legado genético y de las duras lecciones de la Unificación.

Iconos de un imperio[]

En el cenit de la Gran Cruzada, mil millares de mundos fueron incorporados al Imperio, innumerables miles de millones de hombres armados lucharon en nombre del Emperador y se forjaron leyendas que perdurarían durante muchas generaciones. De esas leyendas, las Legiones Astartes fueron las más grandes y brillantes, cada una una flamante antorcha de excelencia marcial que iluminaba el camino para los ejércitos mortales que seguían sus pasos, si bien de entre esas Legiones hubo algunas que capturaron el espíritu de la Gran Cruzada mejor que otras. Los Ángeles Sangrientos de Sanguinius se encontraban en ese grupo: la velocidad de su avance, el espectáculo de sus asaltos y el asombro que su aspecto inspiraba les convertían en protagonistas preferidos de los Rememoradores que seguían a las flotas.

Libraban las campañas más nobles, desencadenados contra las más horribles criaturas que se escondían en la oscuridad del vacío, y se les encargó la liberación de aquellos sometidos al azote del alienígena. Mataron monstruos e hicieron seguros los alejados mundos de la Humanidad, y aquellos a los que liberaban los veían como verdaderos ángeles venidos del cielo en su socorro. Entre sus congéneres también fueron muy aclamados, en parte por las campañas que habían librado juntos en años anteriores, por la habilidad que mostraban con las armas en el campo de batalla y por la naturaleza magnánima de sus guerreros. Sin embargo, gran parte de su reputación y de la benevolencia que recibían se debía al noble carácter del propio Ángel, pues de todos los Primarcas del Emperador, él era el más querido y admirado.

Los hijos del Emperador habían sido a menudo una hermandad conflictiva, ya que muchos guardaban rencores o perpetuaban rivalidades mutuas. Entre ellos, Sanguinius era quizás el más admirado y respetado, pues no tenía a ninguno de sus hermanos por inferior a sí mismo y los recibía a todos con una calidez abierta y una buena voluntad que calmaban incluso la rabia de su sombrío hermano Angron. De todos ellos, quizás solo Horus era más respetado, aunque el carácter más frío y taciturno del Señor de Cthonia le volvían una figura más distante que el Primarca alado. Sanguinius era bienvenido entre las cortes de mundos sin número, desde los exóticos tronos de colonias lejanas hasta las barrocas cámaras-nexo de los distantes dominios del Mechanicum. Encarnaba el orgullo y el optimismo de esos años dorados, cuando parecía que nadie podía hacer frente a los ejércitos del Emperador y la galaxia estaba madura para su conquista.

Ullanor sería la prueba de ese destino, una gran campaña que destruiría al mayor rival superviviente para la supremacía humana: el imperio Orko de Urlakk Urg. Fue Horus quien derrotó al enemigo en la mayor batalla de la Gran Cruzada y obtuvo una gran victoria, pero incluso tras esa hazaña, en el Triunfo posterior muchos esperaban que fuese Sanguinius, quien no había estado presente en la lucha, quien recibiese los laureles del Señor de la Guerra. Tal era la reputación y el encanto del Gran Ángel y sus guerreros, que ahora eran vistos como combatientes y eruditos sin igual, que pocos dudaban de la validez de Sanguinius para actuar como sustituto del Emperador, aunque algunos sucumbieron a la envidia mezquina. Este fue el culmen de la gloria de los Ángeles Sangrientos y su señor, una cima en la que se alzarían durante solo un breve momento, y de la cual se precipitarían en una caída que desgarraría los mismos cimientos del Imperio.

Herejía de Horus[]

Sacerdotes Sanguinarios

Los Ángeles Sangrientos, de todos los guerreros del Emperador, muestran quizás el mayor grado de transformación de su carne desde sus orígenes mortales a los Marines Espaciales en los que se convertirán. Los efectos de esta transformación son incluso más pronunciados de los que sufren los Lobos Espaciales o los Salamandras, los cuales poseen sus propios estigmas. La agresiva reescritura de la hélice genética que produce la sangre de su Primarca es capaz de transfigurar los retorcidos y marcados por la radioactividad habitantes de Baal, creando los guerreros perfectos, iconos vivientes del ideal físico de las Legiones Astartes, cada uno un eco de su Primarca, llamado el Ángel, Sanguinius en su temible gloria.

No obstante, hay un precio para este poder y el proceso de transformación es más arcano, elaborado y doloroso que cualquiera realizado por otra Legión. Incluso con la transfusión directa de la sangre del propio Primarca para estabilizar el proceso, el ratio de bajas entre los aspirantes es terroríficamente alto. Los hay que argumentan también que las cicatrices mentales sufridas por los que sobreviven les cambian profundamente, otorgándoles un sentido de causa y propósito que se manifiesta en un extremado e irracional fanatismo que raya la locura, una seguridad en la causa que puede transmutarse en un instante en rabia maníaca cuando es desafiada.

En combate los Ángeles Sangrientos son la encarnación de la ira del Emperador sobre aquellos que rechazan el don de la Unidad y su llegada a menudo es nada menos que el juicio apocalíptico sobre los culpables. Su ataque sobre un mundo humano no aliado comienza por los implacables asaltos sobre los puntos más fuertes de resistencia enemiga. Descendiendo de los cielos con alas de fuego, la Legión combate tanto a través de su furia sobrenatural como del miedo y el asombro que producen. Al comienzo de sus ataques, los objetivos elegidos son borrados de la existencia y, testigos de la batalla, mundos enteros caen sobre sus rodillas cobardement